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Glioblastoma Multiforme en Niños: Diagnóstico, tratamiento y los avances que están cambiando la Oncología Pediátrica

Cuando una familia escucha la palabra “tumor cerebral”, es normal que aparezcan miedo, incertidumbre y muchas preguntas. Si además se habla de , el impacto puede ser todavía mayor. Sin embargo, en los últimos años hemos aprendido algo fundamental: en oncología pediátrica, ya no basta con saber dónde está un tumor o cómo se ve al microscopio.


El Glioblastoma Infantil es una enfermedad compleja y agresiva, pero también es uno de los campos donde la investigación está avanzando con mayor rapidez. Las nuevas clasificaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la secuenciación genética, el estudio de alteraciones como H3, BRAF, NTRK, PDGFRA o TP53 y el desarrollo de terapias dirigidas están transformando la manera en que entendemos estos tumores.


Desde la perspectiva de la oncología pediátrica moderna, el objetivo ya no es simplemente “tratar un glioblastoma”. El objetivo es identificar exactamente qué tipo de tumor tiene cada niño y diseñar una estrategia personalizada que considere tanto la enfermedad como la edad, el desarrollo neurológico y la calidad de vida del paciente.


¿Qué es el Glioblastoma Multiforme en Niños?

El Glioblastoma Multiforme (GBM) es un tumor maligno del sistema nervioso central que se caracteriza por un crecimiento rápido e infiltrativo. Se origina a partir de células gliales y puede desarrollarse en diferentes regiones del cerebro.


En adultos, el Glioblastoma constituye una entidad bien definida. En los niños, en cambio, la situación es mucho más compleja.


Actualmente sabemos que muchos tumores que históricamente se agrupaban bajo el término “glioblastoma infantil” pertenecen a subtipos biológicos diferentes. La clasificación de tumores del sistema nervioso central de la OMS de 2021 reconoce cuatro grandes grupos de gliomas difusos de alto grado de tipo pediátrico: el glioma difuso de línea media con alteración H3 K27, el glioma hemisférico difuso con mutación H3 G34, el glioma difuso de alto grado de tipo pediátrico H3-wild type/IDH-wild type y el glioma hemisférico de tipo infantil.


Esta distinción es mucho más que un cambio de nombres. La alteración molecular puede influir en el comportamiento del tumor, el pronóstico y las posibilidades terapéuticas.

Por eso, actualmente es recomendable que el diagnóstico de estos tumores sea realizado mediante una evaluación integrada por neuropatología especializada y estudios moleculares cuando estén disponibles.


¿Por qué el glioblastoma infantil es diferente al del adulto?

Una de las ideas más importantes que una familia debe conocer es que no podemos asumir que un Glioblastoma en un niño es simplemente la versión infantil de un Glioblastoma del adulto.


Los Gliomas pediátricos de alto grado presentan alteraciones genéticas y epigenéticas diferentes. En ellos son especialmente relevantes las alteraciones de las histonas H3, así como cambios en genes y vías relacionados con el crecimiento celular y la reparación del ADN.


Por ejemplo, las mutaciones H3 K27 y H3 G34 son características de determinados grupos de gliomas pediátricos de alto grado. Estas alteraciones modifican la regulación epigenética de las células y contribuyen al desarrollo del tumor.


También pueden encontrarse alteraciones en TP53, ATRX, PDGFRA, NF1, EGFR, BRAF, NTRK, ALK o ROS1, dependiendo del subtipo. Algunas de estas alteraciones pueden abrir la puerta a estrategias terapéuticas dirigidas en determinados pacientes.


Este cambio de paradigma es uno de los avances más importantes de la neurooncología pediátrica: el diagnóstico está pasando de ser exclusivamente microscópico a ser histológico y molecular.


¿Cuáles son los síntomas del glioblastoma en niños?

Los síntomas dependen principalmente de la localización del tumor, su tamaño y la velocidad con la que crece.


En un niño, algunos de los signos que pueden llevar a investigar la posibilidad de un tumor cerebral incluyen:

  • Dolor de cabeza persistente o progresivo
  • Náuseas y vómitos, especialmente cuando aparecen por la mañana
  • Alteraciones visuales
  • Problemas de equilibrio o coordinación
  • Debilidad de un brazo o una pierna
  • Cambios en el habla
  • Convulsiones
  • Alteraciones de la conducta o personalidad
  • Somnolencia o cambios importantes en el nivel de alerta
  • Dificultades escolares o cambios inexplicables en el rendimiento


En niños pequeños, irritabilidad, cambios en la alimentación o pérdida de habilidades previamente adquiridas.


Es importante aclarar que estos síntomas no significan necesariamente que exista un tumor cerebral. Muchas de estas manifestaciones son frecuentes en enfermedades mucho más comunes. Lo relevante es valorar su persistencia, evolución, combinación y contexto clínico.


Cuando existe sospecha de una lesión cerebral, la resonancia magnética es una de las principales herramientas para determinar su localización y características. Dependiendo del caso, pueden utilizarse técnicas avanzadas de resonancia para obtener información adicional.


¿Cómo se diagnostica el glioblastoma multiforme infantil?

El diagnóstico requiere varios pasos y, en la práctica moderna, debe realizarse de manera multidisciplinaria.


Resonancia magnética cerebral

La resonancia magnética permite identificar la lesión, conocer su localización, extensión y relación con estructuras cerebrales importantes. En determinados casos pueden utilizarse técnicas complementarias, como espectroscopia o resonancia funcional.


La imagen es esencial, pero una resonancia por sí sola no puede determinar con precisión el subtipo molecular de un glioma.


Cirugía o biopsia

Cuando es posible y seguro, la cirugía puede tener dos objetivos simultáneos: obtener tejido para confirmar el diagnóstico y retirar la mayor cantidad de tumor posible sin provocar un daño neurológico inaceptable.


En otros casos, por la localización o características de la lesión, puede ser más adecuado realizar una biopsia. La muestra obtenida permite realizar estudios histológicos, inmunohistoquímicos y moleculares.


Diagnóstico molecular

Aquí se encuentra uno de los grandes cambios de la oncología pediátrica.


El tejido tumoral puede analizarse mediante diferentes tecnologías, incluyendo secuenciación genética y, en centros especializados, estudios de metilación del ADN. Estos análisis ayudan a clasificar el tumor de acuerdo con los criterios actuales de la OMS.


En términos sencillos: dos tumores que bajo el microscopio parecen similares pueden comportarse de manera diferente porque su biología molecular es distinta.


¿Cuál es el tratamiento del glioblastoma en niños?

El tratamiento debe individualizarse. No existe una única estrategia válida para todos los niños.


La decisión suele involucrar a un equipo formado por oncología pediátrica, neurocirugía, neuro-oncología, radioterapia, neurorradiología, neuropatología, genética y otras áreas de apoyo.


Cirugía: retirar el tumor sin sacrificar la función cerebral

Cuando la localización lo permite, se busca realizar la máxima resección segura.


Esto significa que “quitar todo” no siempre es el objetivo si hacerlo implica provocar una lesión neurológica grave. El cerebro infantil se encuentra en pleno desarrollo, por lo que preservar el lenguaje, movimiento, visión, memoria y otras funciones es una prioridad.


La cirugía también proporciona el tejido necesario para establecer el diagnóstico molecular.


Radioterapia

En niños con gliomas de alto grado, la radioterapia forma parte habitual del tratamiento después de la cirugía cuando la edad y las circunstancias clínicas lo permiten. Puede combinarse con tratamiento sistémico.


En pediatría, la planificación radioterapéutica requiere especial precisión. El objetivo es administrar una dosis eficaz sobre el tumor y, al mismo tiempo, reducir en lo posible la exposición de tejido cerebral sano.


Esto es especialmente importante porque los niños pueden experimentar efectos tardíos relacionados con el tratamiento, incluyendo alteraciones neurocognitivas, endocrinas o del desarrollo.


Quimioterapia

Dependiendo del protocolo utilizado, el subtipo tumoral y las características individuales del paciente, pueden emplearse diferentes esquemas de quimioterapia.


La temozolomida ha sido estudiada en combinación con radioterapia en niños con gliomas de alto grado. Algunos protocolos también han evaluado combinaciones posteriores con otros agentes, como lomustina.


Sin embargo, un punto fundamental es que los resultados obtenidos en adultos no siempre pueden trasladarse directamente a los niños. La biología de los gliomas pediátricos es diferente y existen características propias del cerebro en desarrollo que deben considerarse.


Medicina de precisión: cuando el ADN del tumor ayuda a decidir el tratamiento

Este es probablemente uno de los aspectos más interesantes de la oncología pediátrica actual.


Imaginemos que un análisis molecular encuentra una alteración específica que activa una determinada vía de crecimiento. En algunos pacientes, esa información puede permitir considerar una terapia dirigida contra dicha alteración.


Por ejemplo, determinados gliomas pueden presentar alteraciones en BRAF, mientras que algunos tumores hemisféricos infantiles pueden presentar fusiones de NTRK, ALK, ROS1 o MET. Estas alteraciones pueden tener implicaciones terapéuticas y son objeto de investigación clínica activa.


Esto no significa que cualquier mutación tenga automáticamente un tratamiento disponible ni que una terapia dirigida garantice una respuesta. Significa algo más importante: el tumor deja de ser visto como una enfermedad uniforme y comienza a analizarse como una enfermedad individual.


En determinados escenarios, los ensayos clínicos pueden ofrecer acceso a estrategias dirigidas o inmunoterapias que todavía se encuentran en investigación. El NCI contempla actualmente la participación en ensayos de terapias dirigidas e inmunoterapia como parte de las opciones para algunos niños con gliomas de alto grado.


¿Qué papel tienen los ensayos clínicos?

En tumores pediátricos de alto grado, los ensayos clínicos tienen una importancia especial.


Las guías clínicas han señalado que el pronóstico de estos tumores continúa siendo desfavorable a pesar de los tratamientos combinados, y que el conocimiento molecular está ampliando las posibilidades de terapias dirigidas. Por ello, cuando un niño cumple los criterios, la participación en un ensayo clínico puede ser una opción que vale la pena discutir con el equipo tratante.


La investigación actual estudia, entre otras posibilidades, inhibidores dirigidos contra determinadas alteraciones moleculares, combinaciones de terapias, inmunoterapia y estrategias capaces de superar una de las grandes dificultades del tratamiento cerebral: la barrera hematoencefálica.


Es un campo que cambia rápidamente. Por eso, en oncología pediátrica es especialmente importante revisar periódicamente las opciones disponibles y no basar todas las decisiones exclusivamente en tratamientos utilizados años atrás.


¿Cuál es el pronóstico del glioblastoma infantil?

Es importante hablar de este tema con honestidad, pero también con contexto.


Los gliomas pediátricos difusos de alto grado continúan siendo tumores agresivos y, en términos generales, presentan un pronóstico desfavorable. Algunas series históricas han reportado supervivencias a cinco años inferiores al 20% para el conjunto de los gliomas pediátricos de alto grado.


Sin embargo, no es correcto utilizar una sola cifra para predecir lo que ocurrirá con un niño concreto.


El pronóstico depende de múltiples factores: edad, localización, subtipo molecular, posibilidad de resección, características del tumor, respuesta al tratamiento y evolución posterior, entre otros.


Además, la clasificación molecular actual está redefiniendo grupos que anteriormente se consideraban bajo el mismo diagnóstico de “glioblastoma”. Esto significa que algunos datos históricos no representan necesariamente a los pacientes que hoy reciben un diagnóstico molecular preciso.


Por eso, cuando una familia pregunta “¿cuánto tiempo puede vivir mi hijo?”, la respuesta responsable no puede basarse únicamente en estadísticas generales. Primero necesitamos saber exactamente qué tumor estamos tratando.


¿Qué ocurre si el tumor regresa?

La recaída es uno de los principales desafíos de los gliomas pediátricos de alto grado.


Cuando existe recurrencia, el equipo médico vuelve a valorar la situación completa. En determinados pacientes puede considerarse una segunda cirugía, especialmente si la localización y el estado clínico lo permiten. También pueden analizarse nuevas opciones de radioterapia, tratamientos sistémicos, terapias dirigidas o ensayos clínicos.


En algunos casos, una nueva biopsia puede proporcionar información molecular relevante. El tumor puede evolucionar durante el tratamiento y adquirir mecanismos de resistencia; por ello, conocer nuevamente su biología puede ser útil para identificar alternativas.


Recuperación y calidad de vida: una parte esencial del tratamiento

En oncología pediátrica, tratar el cáncer no significa únicamente combatir las células tumorales.


También significa ayudar al niño a seguir siendo niño.


La rehabilitación puede ser necesaria después de una cirugía o durante el tratamiento para trabajar aspectos motores, del lenguaje, cognitivos o de alimentación. El acompañamiento psicológico, el apoyo escolar y el cuidado de la salud emocional del paciente y su familia también forman parte de una atención integral.


Además, los niños que reciben tratamiento por un tumor cerebral necesitan seguimiento a largo plazo. Algunas secuelas pueden aparecer meses o años después, por lo que el control debe incluir no solo vigilancia de la enfermedad, sino también crecimiento, desarrollo, aprendizaje, función endocrina, audición, visión y calidad de vida, según los tratamientos recibidos.


¿El glioblastoma infantil se puede prevenir?

En la mayoría de los casos, no existe una estrategia conocida que permita prevenir el glioblastoma infantil.


Los cambios moleculares que originan estos tumores suelen ser eventos complejos y no deben interpretarse como consecuencia de algo que los padres hicieron o dejaron de hacer.


En una proporción pequeña de pacientes puede existir una predisposición hereditaria al cáncer. Por ello, cuando existen determinados antecedentes personales o familiares, múltiples tumores o características clínicas específicas, el equipo médico puede considerar una valoración genética.


Este aspecto es especialmente importante porque la genética oncológica pediátrica no solo puede ayudar a comprender por qué apareció un tumor, sino que también puede influir en el seguimiento del paciente y, en determinadas circunstancias, de otros miembros de la familia.


Un nuevo enfoque para una enfermedad que todavía tiene grandes retos

El glioblastoma multiforme en niños sigue representando uno de los mayores retos de la oncología pediátrica. Su comportamiento agresivo, la infiltración del tejido cerebral y la capacidad de desarrollar resistencia hacen que todavía existan importantes necesidades médicas no cubiertas.


Pero también sería injusto describir el panorama únicamente desde la dificultad.


Hoy sabemos mucho más que hace una década.


Sabemos que los gliomas pediátricos de alto grado son un grupo heterogéneo. Sabemos que las alteraciones de las histonas pueden definir enfermedades completamente diferentes. Sabemos que algunos tumores tienen alteraciones potencialmente tratables con terapias dirigidas. Y sabemos que la secuenciación molecular y otras herramientas de precisión están permitiendo diseñar estudios clínicos que hace algunos años simplemente no eran posibles.


La investigación continúa buscando respuestas en inmunoterapia, terapias celulares, inhibidores moleculares y combinaciones de tratamientos que puedan atravesar mejor la barrera hematoencefálica y evitar la resistencia tumoral.


La importancia de acudir a un equipo especializado

Ante un diagnóstico de glioblastoma o de un glioma pediátrico de alto grado, es recomendable que el caso sea valorado en un centro con experiencia en oncología pediátrica y neurooncología, donde exista colaboración entre neurocirugía, oncología, radioterapia, neurorradiología, neuropatología y genética.


En este tipo de enfermedades, la experiencia del equipo importa porque cada decisión puede tener consecuencias a largo plazo.


La pregunta ya no es solamente: “¿Cómo tratamos este tumor?”


La pregunta moderna es: “¿Qué tumor tiene este niño, qué características biológicas lo hacen diferente y cuál es la estrategia que ofrece el mejor equilibrio entre control de la enfermedad, seguridad y calidad de vida?”


Entender el tumor para poder tratar al niño

El glioblastoma multiforme infantil es una enfermedad seria que requiere un abordaje altamente especializado. Su diagnóstico combina estudios de imagen, análisis histológico y, cada vez más, caracterización molecular. El tratamiento puede incluir cirugía, radioterapia, quimioterapia, terapias dirigidas y, en determinados escenarios, inmunoterapia o participación en ensayos clínicos.


La medicina está avanzando hacia un modelo mucho más personalizado. Ya no hablamos de un único “glioblastoma infantil”, sino de diferentes enfermedades con características biológicas propias.


Para las familias, esto significa que el diagnóstico debe ser preciso y que las opciones terapéuticas deben analizarse de manera individual. Aunque el pronóstico de los gliomas pediátricos de alto grado continúa siendo un desafío, la investigación está abriendo nuevas vías y modificando progresivamente la forma en que entendemos y tratamos estos tumores.


Ante síntomas neurológicos persistentes o progresivos, la valoración médica oportuna es fundamental. Y ante un diagnóstico confirmado, contar con un equipo especializado en oncología pediátrica puede marcar una diferencia importante en la planificación del tratamiento y en el acompañamiento del niño y su familia durante todo el proceso.