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¿Por qué surge la necesidad de un Médico de la Danza?

Dr. Ricardo González Herrera

Traumatología y Ortopedia | Medicina de la Danza

1 de septiembre de 2026

Si bien la danza es una disciplina artística, sus ejecutantes, los bailarines, son considerados, además de artistas, atletas de alto rendimiento o “atletas de la estética”: su herramienta de trabajo es, a la vez, el objeto de su arte.


Requieren de ejecuciones complejas, repetitivas y demandantes, así como de ensayos largos y extenuantes, con pocos períodos de descanso para la recuperación. Además, deben realizarlo en un contexto de expresión y musicalidad, lo que implica altas demandas físicas y mentales, presionando constantemente los límites de sus habilidades y con un alto riesgo de presentar lesiones.

Un cuerpo llevado al límite

De entre todos los atletas, los bailarines son quienes presentan los mayores índices de lesiones, llegando a reportarse porcentajes de incidencia anual desde un 42 hasta el 96%, dependiendo de cómo se define lesión y de los instrumentos de recolección de la información (aunque a ese tema podríamos dedicarle un artículo completo).


De los diferentes tipos de bailarines, los ejecutantes de danza clásica son los que presentan la mayor tasa de lesiones, siendo los más afectados los solistas varones y las ejecutantes en puntas, ya que su demanda funcional es mayor, teniendo un pico de incidencia conforme se acercan al profesionalismo.


Aunado a las demandas inherentes a la ejecución, también se agregan las exigencias que algunos coreógrafos imponen a los bailarines, excediendo los límites de seguridad de resistencia y/o movilidad de los cuerpos de los ejecutantes.

Flexibilidad, fuerza y control

El bailarín de danza clásica debe poseer características funcionales específicas para la adecuada ejecución de este arte. Debe desarrollar rangos de movimiento máximos con la fuerza muscular necesaria para mantenerlos, por lo que debe ser flexible, pero no hipermóvil, porque esta laxitud sin control se sabe actualmente que es un factor de riesgo para desarrollar lesiones, a pesar de la búsqueda de los bailarines o bailarinas por obtener la mayor elasticidad y flexibilidad posibles.


Si a estas características intrínsecas del bailarín agregamos el ambiente laboral tan demandante y competitivo, con altos niveles de estrés y poco apoyo en materia social y de salud, el bailarín o bailarina somete su cuerpo a ejercicios repetitivos y exhaustivos con tal de mejorar técnicamente, así como a jornadas extenuantes poco sanas.


Se sabe que un bailarín preprofesional —se les denomina así a aquellos que se encuentran en formación para ser profesionales— dedica de 6 y hasta 17 horas de entrenamiento o ensayo por semana, y que los estudiantes de élite entrenan de 5 a 6 veces por semana, aumentando la frecuencia e intensidad conforme se acercan al profesionalismo.

Cuando una lesión puede cambiarlo todo

En muchas ocasiones, el bailarín profesional es adolescente, con un sistema musculoesquelético en maduración, presentando este grupo la mayor proporción de lesiones entre los 12 y 18 años.


Por ello, requiere mantener un cuerpo sano o, al menos, funcional y, en caso de sufrir alguna lesión, necesita de una intervención adecuada que le permita regresar al escenario o salón de clases en el menor tiempo y en las mejores condiciones posibles.

Para cada uno de estos ejecutantes, una lesión puede representar un estancamiento en su entrenamiento, fracasar en su intento por obtener alguna promoción dentro de su compañía, mermar sus ingresos a través de las clases que suelen impartir o incluso perder su trabajo.


Queda claro que el sector de los danzantes es un grupo particularmente vulnerable y que la estabilidad laboral del bailarín profesional es frágil.

El acceso a la atención médica

Si hablamos del acceso al tratamiento oportuno para evitar las secuelas, el panorama no es alentador.


Históricamente, los bailarines en todas sus ramas perciben sueldos bajos, en promedio tres mil pesos mensuales, trabajando por honorarios sin acceso a la seguridad social; 60 % de ellos pertenece a la economía informal y 64.6 % requiere de un segundo trabajo.


El bailarín profesional independiente puede alternar períodos intensos de trabajo con trabajos temporales y largos períodos de inactividad derivados del desempleo, lo que los hace particularmente vulnerables.


No solamente no tienen acceso a seguridad social o su salario les impide acceder a los servicios de salud adecuados; el riesgo de dejar de percibir ingresos al sufrir alguna lesión está siempre presente.


En el mejor de los escenarios, existe un grupo selecto de bailarines de élite, los integrantes de las principales compañías del país, que perciben sueldos arriba de los treinta mil pesos mensuales y que tienen acceso a la seguridad social o seguro de gastos médicos —cubierto, en ocasiones, por ellos mismos—, pero no cuentan con una red médica que pueda atender las necesidades inherentes a su actividad ni con médicos especializados que conozcan las demandas funcionales y laborales a las que se someten.


Esto, a pesar de que existe una pequeña evidencia de que tener acceso a sistemas de salud “es favorable para la salud de los profesionales de la danza, [...] disminuyendo el número de lesiones, de los días de baja laboral y costes”.


En comparación con el alto riesgo de sufrir lesiones, el porcentaje de bailarines asegurados es mínimo. Aun así, sus contratos suelen ser cortos y sujetos a renovación cada 6 meses, por lo que una lesión puede ser igualmente catastrófica para este grupo “privilegiado”.

La necesidad de una medicina especializada en danza

Para afrontar estas situaciones, a nivel mundial se han realizado esfuerzos entre profesionales de la salud —médicos, fisioterapeutas, investigadores— y artistas escénicos —bailarines, profesores, entrenadores— desde inicios de la década de 1990, como la Asociación Internacional de Medicina y Ciencia de la Danza (IADMS, por sus siglas en inglés) y la Asociación Médica de Artes Escénicas (PAMA, por sus siglas en inglés), para desarrollar estrategias preventivas y resolutivas a nivel internacional que ayuden a disminuir los efectos discapacitantes de las lesiones.

Cabe mencionar que en México esta especialización de la atención médica es escasa.


Ya desde entonces se evidenciaba la necesidad de incorporar a médicos con experiencia en danza para el tratamiento preventivo e inmediato posterior a las lesiones y que se debería mejorar en los bailarines el conocimiento del funcionamiento del cuerpo humano.

Hasta la fecha, es difícil encontrar compañías de danza que incluyan en su equipo personal médico.

Más allá del tratamiento de una lesión

Es en este contexto que se requiere entender los requisitos físicos y emocionales de esta disciplina que los hacen un sector único, mediante conocimientos y habilidades especiales para poder tratar sus muy específicas necesidades de salud.


Entender lo que impulsa a un bailarín o bailarina a danzar, aquello que los motiva a levantarse cada día a ser mejores solo para sí mismos, hace que sus tratamientos vayan más allá de lo meramente médico: además de la ciencia, se requiere conocimiento de su medio, empatía y hasta un poco de arte para la toma de decisiones correctas que les permita desarrollar su mente, corazón y alma a través de su cuerpo.


“Los bailarines son los atletas de Dios”.