Síndrome del Impostor: Por qué aumenta y cómo afecta la autopercepción
En los últimos años, dentro de la práctica clínica se ha observado un incremento notable de pacientes que expresan sentirse “fraudes” en su desempeño profesional o intelectual, aludiendo al “Síndrome del Impostor”.
Lo llamativo es que este fenómeno no se limita a personas con trayectorias inestables; por el contrario, quienes lo refieren con mayor frecuencia son individuos con logros sólidos, vidas estables y un nivel de competencia reconocido por su entorno.
La primera vez que escuché el término fue de un paciente varón, ingeniero en computación, exitoso y con un buen nivel de vida. De pronto, varios pacientes con trayectorias profesionales sólidas comenzaron a dudar de su quehacer y a cuestionarse si realmente eran buenos en lo que hacían.
Este patrón despertó la necesidad de comprender qué hay detrás del llamado Síndrome del Impostor, por qué parece tan prevalente en la actualidad y qué elementos del contexto moderno influyen en su aparición.
Pero… ¿Qué es el Síndrome del Impostor?
El Síndrome del Impostor se caracteriza por la experiencia subjetiva de sentirse un fraude, aun cuando existan pruebas objetivas del propio éxito. La persona atribuye sus logros a la suerte, a circunstancias externas o a una supuesta sobrevaloración por parte de los demás. Como consecuencia, surge una inseguridad persistente y un cuestionamiento constante de la propia valía y capacidad.
Si bien la historia personal y los factores individuales desempeñan un rol decisivo, en la actualidad es imposible ignorar la influencia creciente del contexto social y tecnológico. Especialmente, el entorno virtual ha adquirido una relevancia profunda en la forma en que los individuos construyen, comparan y evalúan su identidad.
La realidad virtual y su impacto en la percepción de autenticidad
La realidad virtual puede describirse como un entorno en el que escenas y objetos simulan ser reales, generando en el usuario la sensación de estar inmerso en un espacio alterno. Aunque los dispositivos especializados —como cascos o guantes— pueden intensificar esta experiencia, no son necesarios para formar parte de comunidades virtuales. Basta con un dispositivo con acceso a internet.
Esto ha permitido que cada vez más personas participen en espacios digitales donde pueden elegir cómo mostrarse, moldear cuidadosamente su imagen o incluso crear identidades alternas a la propia. Este fenómeno, común en la vida cotidiana, al escuchar a pacientes que desarrollan relaciones o comunidades enteramente virtuales, con la posibilidad de elegir cómo mostrarse e incluso crear identidades alternas a la “real”, lo que tiene repercusiones psicológicas que merecen atención.
La frontera difusa entre lo real y lo virtual
La convivencia permanente entre realidad tangible y realidad virtual ha comenzado a erosionar la distinción entre ambas. Esta falta de claridad puede generar confusión respecto a la autenticidad personal: ¿quién soy frente a la imagen idealizada que veo o que proyecto?, ¿qué tan válidos son mis logros cuando otros parecen hacerlo “mejor” en línea?
En la práctica clínica, esta confusión se refleja en dos observaciones frecuentes:
- Los pacientes dedican una parte considerable de su tiempo a interactuar en comunidades virtuales.
- Las redes sociales se han convertido en una de sus principales fuentes de información y comparación, donde evalúan aspectos tan variados como relaciones de pareja, éxito laboral o proyectos personales.
La consecuencia emocional de este escenario es un terreno fértil para la duda, la autoexigencia extrema y la sensación de insuficiencia que caracteriza al Síndrome del Impostor.
El papel de la información y los filtros mentales
El cerebro humano filtra la información de manera automática a través de procesos sensoriales, cognitivos, emocionales y motivacionales. Sin embargo, la magnitud y velocidad del flujo de datos actual supera con frecuencia estos sistemas naturales.
Hoy es imprescindible reforzar la capacidad de:
- evaluar la fuente de la información,
- reconocer los sesgos presentes en cualquier medio,
- y considerar incluso las limitaciones inherentes a las tecnologías de inteligencia artificial, cuyo contenido proviene de seres humanos y, por ende, también refleja sus puntos ciegos.
La exposición continua a información no verificada, comparaciones idealizadas y mensajes contradictorios puede debilitar el autoconcepto y favorecer la idea de no ser suficiente, aun cuando la realidad objetiva indique lo contrario.
Acompañar el fortalecimiento del autoconcepto
En este contexto, es fundamental que los pacientes trabajen hacia un uso responsable y limitado de sus fuentes de información, seleccionando con mayor cuidado aquello que consumen y la manera en que se comparan. Desde el ámbito terapéutico, resulta igualmente importante ofrecer un espacio que permita:
- fortalecer la identidad y la percepción de logro,
- desarrollar una especie de “teflón” frente a la duda social constante,
- y reconectar con la intuición propia: escuchar menos el ruido externo y más las señales internas.
Como bien señaló Freud: “el paciente sabe, algo en lo profundo de su psique, solo que lo sabe sin saberlo”. El acompañamiento profesional facilita precisamente ese acceso a lo que ya está dentro, pero que la confusión contemporánea puede opacar.
El Síndrome del Impostor no es un fenómeno aislado ni exclusivamente individual. Se nutre del contexto social y virtual en el que vivimos, donde la comparación constante y la sobreexposición dificultan reconocer los propios logros y sostener una identidad auténtica. Comprender este vínculo y fortalecer los filtros personales y cognitivos resulta esencial para que cada individuo pueda valorar adecuadamente su trayectoria, recuperar la confianza en sí mismo y construir un modo de relacionarse con el mundo más alineado con su propia voz interior.